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Biografía
Fue proclamado como rey a la muerte de su padre, a fines
de 1226, y durante los primeros años estuvo bajo la
regencia de su madre. Poco más tarde contrajo matrimonio
(1235) con Margarita de Provenza (hija de Ramón
Berenguer V, Conde de Provenza, bisnieto de Alfonso VII
de Castilla).
Educación y
vida devota
Educado en la devoción y el misticismo por su madre,
Luis IX combinó su tarea de gobierno con un ascetismo
que ha sido destacado tanto por la hagiografía católica
como por comentaristas laicos (Voltaire llegó a decir
que "No es posible que ningún hombre haya llevado más
lejos la virtud"). Por momentos parecía un anacoreta,
entregándose a prácticas de mortificación como el
hacerse azotar la espalda con cadenillas de hierro los
días viernes, o actos de auto humillación como lavar los
pies a los mendigos o compartir su mesa con leprosos.
Perteneció a la Orden franciscana seglar, fundada por
San Francisco de Asís. Fundó muchos monasterios y
construyó la famosa Santa Capilla en París, cerca de la
catedral, para albergar una gran colección de reliquias
del cristianismo.
Como Carlomagno tuvo en Eginardo su biógrafo, Luis IX lo
tuvo en Jean de Joinville (1224-1317) amigo suyo y
camarada en sus campañas de armas. Sus escritos han
creado la tan popular imagen pacífica y piadosa del Rey,
y el propio Joinville prestó testimonio ante el Papa
Bonifacio VIII, que canonizaría a Luis IX en 1297.
Gobierno
En un aspecto más terrenal, Luis IX tuvo que verse
enfrentado a Enrique III de Inglaterra, a quien venció
en Tailebourg en 1242, firmando luego el Tratado de
París en 1259 lo que trajo la paz, que se prolongó por
todo su reinado. Gracias a este tratado confirmó sus
conquistas de Anjou, Turena y Maine. Conservando
solamente el monarca inglés la Guyena.
Más tarde la rebelión de los nobles ingleses contra
Enrique III, conocida como Segunda Guerra de los
Barones, repercutió en Francia. Con la derrota y prisión
de Enrique en la Batalla de Lewes (1264), su esposa, la
reina Leonor de Provenza y su hijo mayor, el príncipe
heredero Eduardo, heredero del trono, se refugian en
Francia, al lado de la reina Margarita -hermana mayor de
Leonor-, la cual convence a su esposo Luis IX que apoye
a Eduardo con un ejército para reconquistar el poder y
liberar a su padre.
Luis IX fue el último monarca europeo que emprendiera el
camino de las Cruzadas contra los musulmanes. La primera
vez, entre 1248 y 1254, en lo que luego se llamó la
Séptima Cruzada, San Luis desembarcó en Egipto, y llegó
a tomar la ciudad de Damieta, pero poco después sus
tropas fueron sorprendidas por la crecida del Nilo y la
peste. Combatiendo en terreno desconocido para ellos,
los franceses, junto con su rey, cayeron prisioneros de
sus enemigos y sólo se salvaron pagando un fuerte
rescate.
La Octava Cruzada, en 1270, llevó a San Luis frente a
Túnez, ciudad a la que puso sitio. Si bien al rey lo
impulsaban móviles religiosos, no era el caso de su
hermano, el bastante más terrenal Carlos de Anjou, Rey
de Nápoles, cuyos intereses en Italia, que lo vincularon
estrechamente al papado, lo pusieron en situación de
acabar con la competencia de los mercaderes tunecinos
del Mediterráneo.
La expedición fue un desastre. Buena parte del ejército
fue atacado por la disentería, al igual que el propio
San Luis, que murió durante el sitio, sin haber
conseguido su objetivo, el 25 de agosto de 1270.
Legado
Con su muerte, remate de una expedición carente de todo
sentido militar, político y religioso salvo el antes
mencionado de favorecer a Carlos de Anjou, se
extinguieron las Cruzadas. La lenta consolidación de los
estados monárquicos y el desarrollo cultural y comercial
de la época gótica eran un hecho incontrastable que
alejaron de preocupaciones místicas a los gobernantes de
aquel tiempo. Por otro lado, la Europa Occidental había
llegado ya a su techo militar, y no pudo desalojar a los
musulmanes del Norte de África y del Cercano Oriente.
Apenas veinte años después de la muerte de San Luis, los
cristianos perdieron su última plaza fuerte en Tierra
Santa, al caer en manos de los musulmanes San Juan de
Acre, en 1291.
A su muerte le sucedió en el trono su hijo, Felipe el
Atrevido.
Del testamento
espiritual de San Luis a su hijo
(Acta Sanctorum Augusti 5 [1868]1, 546)
Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte es que
ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con todas
tus fuerzas; sin ello no hay salvación posible.
Hijo, debes guardarte de todo aquello que sabes que
desagrada a Dios, esto es, de todo pecado mortal, de tal
manera que has de estar dispuesto a sufrir toda clase de
martirios antes que cometer un pecado mortal.
Además, si el Señor permite que te aflija alguna
tribulación, debes soportarla generosamente y con acción
de gracias, pensando que es para tu bien y que es
posible que la hayas merecido. Y, si el Señor te concede
prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar
que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por
cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han
de ser causa de que le ofendas.
Asiste, de buena gana y con devoción, al culto divino,
mientras estés en el templo, guarda recogida la mirada y
no hables sin necesidad, sino ruega devotamente al Señor
con oración vocal o mental.
Ten piedad para con los pobres, desgraciados y
afligidos, y ayúdalos y consuélalos según tus
posibilidades. Da gracias a Dios por todos sus
beneficios, y así te harás digno de recibir otros
mayores. Obra con toda rectitud y justicia, sin
desviarte a la derecha ni a la izquierda; ponte siempre
más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües
de qué lado está razón. Pon la mayor diligencia en que
todos tus súbditos vivan en paz y con justicia, sobre
todo las personas eclesiásticas y religiosas.
Sé devoto y obediente a nuestra madre, la Iglesia
romana, y al sumo pontífice, nuestro padre espiritual.
Esfuérzate en alejar de tu territorio toda clase de
pecado, principalmente la blasfemia y la herejía.
Hijo amadísimo, llegado al final, te doy toda la
bendición que un padre amante puede dar a su hijo; que
la Santísima Trinidad y todos los santos te guarden de
todo mal. Y que el Señor te dé la gracia de cumplir su
voluntad, de tal manera que reciba de ti servicio y
honor, y así, después de esta vida, los dos lleguemos a
verlo, amarlo y alabarlo sin fin. Amén.
Ciudades que
llevan su nombre
Las ciudades de Saint-Louis-de-France en Quebec, San
Luis (E.U.A.) y el lago Saint-Louis en Quebec fueron
nombrados en memoria de Luis IX. También ciudades como
Saint-Louis en el Senegal y Saint-Louis du Nord,
Saint-Louis du Sud en Haití están dedicadas a él. Y a
través de la llegada de los Borbones a España se
extiende por ésta y la América Hispana con ciudades en
California, en Argentina San Luis o en México San Luis
de Potosí y en España la construción del Real Sitio de
La Granja de San Ildefonso le veneran como patrón en su
colegiata.
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