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En el ébano marco de la noche
fría de una despierta madrugada
Sin luceros traviesos que guiñaran
ni luz de lunámbar que alumbrara.
El eco de tu llanto escuchó el sinsonte
en su nido en lo alto de la montaña escarpada.
Los cielos sus ventanas abrieron
Al percibir tu dolor con el que llorabas
En el silencio de la callada, triste noche
tu lloro estremeció a la Vía Láctea.
Se conmovió el universo entero
y todo en tu favor conspiraba.
El firmamento encendió un gran lucero
que se infiltró sigiloso en tu aposento
por una entreabierta ventana.
Y resplandeció una luz en tu alcoba
con el fulgor de tus lágrimas.
Con suavidad y gran ternura
En ti posó una larga mirada.
Acarició tu rostro con dulzura;
besó tus anhelantes labios
que sin consolación se quejaban,
y al plasmar su ósculo en tus ojos
sintió el sabor de tus amargas lágrimas.
Te arropó entonces con un fino manto.
Te envolvió en gasas y tules de esmeraldas
Luego acunó tu cuerpo casi desmayado
y se abrazó a tu alma desconsolada.
Recostose contigo tiernamente
Allí en tu lecho de flores blancas
sobre tu perfumada y suave almohada.
Tomó entre sus manos las tuyas
y les dio su calor porque estaban heladas.
Cantos celestiales se oían a lo lejos
Miríadas de ángeles para ti cantaban
un cántico de amor y de esperanza.
Y se abrazó a ti con infinita ternura
Con un amor sublime, eterno y puro
para que jamás, nunca ya más lloraras.
Judith V. Calvo
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