Juan del Jarro

Norberto de la Torre

(Publicado por la Universidad Autónoma de San Luís Potosí, 1997)


Juan del Jarro es un personaje instalado en la memoria colectiva de los habitantes de San Luis Potosí, aparece de pronto durante una charla informal, en una nota de periódico o como protagonista de una tira cómica. Desde que supe de él me fascinó, al grado de escribir inspirado en su historia un mal poema, excesivamente largo y retórico. Ignoro los motivos que me hacen atractiva su figura, tal vez tengan que ver con ocultos mecanismos psicológicos y con algunos hechos de su biografía que intuyo ligados con los mitos que soportan una particular forma de entender la realidad.

La vida de Juan del Jarro es prácticamente desconocida, sólo se retienen algunos datos aislados cuya veracidad sería muy difícil de comprobar. Se sabe que era un marginado, pobre y limosnero. Compartía con otros pordioseros parte de lo que a él le daban. Adivinaba el futuro, especialmente las tragedias y la muerte. Era un conversador fluido y memorioso. Falleció hacia el final de la sexta década del siglo diecinueve. Estos pocos hechos y su muerte, o con más precisión, su sepelio que fue lujoso y concurrido bastaron para darle un lugar en el recuerdo, un espacio en la interminable parrafada de los libros de historia. Si tratamos de entender cómo se realizaron los amarres que lo unieron a la intrincada red de la cultura, qué características lo anclaron en el río de la memoria, lo más probable es que fallemos, la lógica racional siembra trampas, confunde los motivos, enreda las anécdotas. Sin embargo, se puede intentar un ejercicio de reflexión que apunte hacia el entendimiento, si no de Juan, si de los lectores que lo obligan a permanecer en el limbo, los que lo atan con estampas, veladoras y flores a una tumba vacía cada dos de noviembre.

Dos cosas llaman la atención de la biografía o leyenda de Juan del Jarro: lo vago de su historia y las contradicciones o paradojas que contiene. La vaguedad deja huecos, abre puertas hacia lo inefable y oculto, convierte al relato en un espejo en el que puede reflejarse cualquier rostro. Por lo que toca a las contradicciones, constituyen los nudos que posibilitan la metáfora, el relato de un relato que no es otro que el de aquí y ahora. Así, la muerte del pordiosero y su magnífico entierro representan o encarnan el mito de la salvación: el pobre muere y entra al paraíso. El sepelio comandado y oficiado por notables y jerarcas de la iglesia garantiza la santidad de los humildes, siempre que éstos vivan de acuerdo con los preceptos de la moral dominante. Existe un abismo entre la figura austera de Juan del Jarro y la más vital y rebelde del Pito Pérez literario. El primero llevó una vida marginal sin rebelarse, recibió con sencillez lo que le dieron, trató con respeto a sus donadores y les sirvió otorgándoles la diversión de su palabra y sus profecías; el segundo se burló de todo y de todos, hasta de él mismo, rompió todas las reglas con que se cose el telón que oculta la mentira, y acabó, hilo lacre, abandonado y solo con un esqueleto como esposa.

El San Luís Potosí empobrecido, conservador, silencioso y frugal, encuentra en Juan del Jarro su retrato más fiel: una historia llena de lagunas y misterio; una vida piadosa repartida entre la caridad y el hambre; la esperanza de la salvación cristiana y la santidad. Juan del Jarro, como San Luís Potosí, lleva una estrecha y cordial relación con los ministros de la iglesia, conoce los santorales y las fiestas religiosas, a falta de creatividad cultiva la memoria, rocía sus relaciones con la humildad y discreción necesarias para esconder la amargura, la burla, el dolor que deben desprenderse de su condición de marginado. Ciego a la indignación o la rebeldía intenta paliar su consecuencia: la locura. Sólo es capaz de ver la enfermedad y la muerte porque sabe a fin de cuentas que sólo hay dos puertas de salida a la indigencia: la locura o la muerte.

Sin embargo, las interpretaciones no pueden ser tan rígidas y definitivas, existen otras señales, indicios que nos pueden llevar por caminos distintos. La pobreza, por ejemplo, se ofrece como el disfraz de potencias ignoradas y deseables, de tal modo Juan del Jarro es una reinterpretación del pordiosero que se pasea entre los pretendientes, aceptando las burlas y desprecios, en espera del arco y el tálamo que lo sacarán definitivamente del anonimato y el olvido; o del pobre de Asís consciente de que sólo desde la miseria puede salvar a los otros miserables y que la pobreza es ante todo una descalificación de la soberbia y el atesoramiento. Lo que desenmascara sin lugar a dudas la violencia del verdugo es la víctima. Juan de Jarro es la víctima. El verdugo no tiene salvación, su conciencia será su enemiga para siempre, a menos que la víctima desaparezca por cualquiera de dos caminos posibles: la beatificación o la condena. Así, Juan del Jarro es beatificado para exculpar a los verdugos, para desresponsabilizar a la sociedad por su miseria. El sepelio lujoso se constituye en una traición porque borra, con el espectáculo, una vocación de vida, Juan fue limosnero y siempre quiso serlo, enterrarlo como poderoso contradice su postura, la deforma. Por eso cuando muere es honrado como los verdugos por los verdugos, para ocultar el rostro de la necesidad y el hambre con la máscara del incienso y los responsos.

Otras características de Juan que lo hacen susceptible de identificar con los mitos son: su posibilidad de adivinación y clarividencia; su capacidad para substraer de los poderosos lo que es necesario a los mendigos; su habilidad para interrumpir la enfermedad; su lenguaje que funciona como instrumento de seducción; el horno donde vive; y su jarro, un retrato de él mismo, una pieza de barro que carga su vacío en el vientre.

La locura

Todos los esquemas de interpretación de la realidad son manifestación de la locura, lo que hace la diferencia entre ellos es el consenso, la legitimación, la dominancia. Así, la definición de la locura se liga necesariamente con el poder y es éste el que marca los límites, el que define el adentro y el afuera, el lugar y el vacío. Juan supo, de alguna manera, que una forma de alcanzar la libertad es la locura, el estado desde donde es posible saltar de una realidad a otra, romper las cadenas del poder y la rueda de las categorizaciones rígidas. Una característica notable de la historia de Juan del Jarro es su cercanía con la locura. Protegió preferentemente a los mendigos que estaban afectados de sus facultades mentales, los que vivían en mundos paralelos, los que caminaban por las rutas de realidades alternas. Esta predilección no es gratuita, el mendigo sabía que la locura, como la enfermedad y la guerra, es uno de los elementos de la catástrofe.

Los tres pordioseros locos que protegió el del jarro son en realidad un símbolo del tiempo. El Tapatío, Torrescano y Mariquita representan, en ese orden, el pasado, el presente y el futuro. La locura del Tapatío tiene algo de místico y deseable, significa el retorno, al transformarse en fruta se despoja de sí mismo, regresa al paraíso, se coloca en un punto anterior al nacimiento del pecado original y de la culpa. La silenciosa inmovilidad de Torrescano es una imagen del eterno presente que se gasta, del instante que vive para siempre y que constituye el ombligo de la eternidad, el punto donde convergen los caminos, el nudo de la red. El llanto y el dolor de Mariquita ante la sombra es producto de una visión del desenlace, el grito ante la presencia de la muerte, la voz de quien es testigo del desastre. La locura es la razón por la que Juan del Jarro se convierte en profeta, él tiene la posibilidad de encontrar el sentido que se oculta en los relatos porque su propia locura se enreda con los hilos del tiempo.

El sepelio

Un jovencito llegó apresuradamente hasta el consultorio del doctor don Anselmo Calvillo y, con la respiración agitada, le dio el siguiente mensaje: "Doctor, dice Juan del Jarro que vaya a verlo, pero no antes de que termine su consulta de la mañana, que allá lo espera para que cumpla su promesa". El médico temió lo peor, ya no pudo concentrarse en su tarea. Terminó como pudo su consulta y se dirigió hacia el Montecillo, al horno abandonado en el que vivía el mendigo. En él encontró a Juan del Jarro, yerto, sin vida pero con la serenidad reflejada en el rostro. La promesa consistía en darle sepultura pero sin informar a nadie, en silencio, sin más sudario que la casaca que llevaba puesta, y la mugre. Don Anselmo dudó, no sabía cómo cumplir lo ofrecido, cómo darle sepultura sin decírselo a nadie, ni siquiera a la autoridad o al administrador del panteón. La indecisión lo hizo perder tiempo, el suficiente para que los pordioseros y vecinos pobres se dieran cuenta del fallecimiento y propagaran la noticia por toda la ciudad.

En menos tiempo del que se emplea para decir Jesús, empezaron a llegar curiosos, pronto el Montecillo era una romería, caras tristes, llantos y oraciones llenaron los alrededores del horno. don Anselmo trató de alejarlos, les pidió que lo dejaran solo para cumplir con su oficio, pero fue imposible, al poco rato empezaron a llegar los religiosos, miembros de las cofradías y de la jerarquía eclesiástica y, entre todos, se dieron a la tarea de organizar las honras fúnebres. Llevaron el cadáver a la iglesia de San Juan de Dios donde se realizó el velorio, las oraciones y la misa de cuerpo presente. Se hicieron notar ante el féretro todas las clases sociales, ricos, pobres, mendigos, jornaleros. Hicieron guardia los caballeros y las damas con sus uniformes y distintivos de la cofradía: los de la Buena Muerte, los de las Benditas Ánimas, los de la Vela Perpetua, los de San Pedro, los del Señor de los Desamparados, los de las Venerables Órdenes Terceras, también los Mayordomos de los barrios, autoridades eclesiales y civiles. En ningún momento se dejó solo el cuerpo del fallecido, a toda hora fue blanco de oraciones y deseos de salvación. Cumplido el velorio se emprendió la marcha hacia el cementerio, todos competían por cargar el ataúd, el paso fue más lento de lo normal debido a tanto cambio de cargadores que sólo alcanzaban a dar unos pasos. Una multitud formaba el cortejo en donde, como ya dijimos, se veía toda clase de gente, desde la más encumbrada y pudiente hasta la más miserable. Durante todo el recorrido se entonaron cánticos fúnebres y buenos deseos por el descanso de su alma. El féretro fue seguido por un grupo numeroso de niños con palmas en las manos, como se acostumbra en los entierros de los santos inocentes.

El acta que registra la defunción de Juan afirma que le dieron sepultura el 9 de noviembre de 1859, también consigna su lugar de origen, padres y apellidos, y el pedazo de tierra que albergó sus huesos. En el segundo tomo del diario de Vildósola, citado, se dice que al amanecer del cuarto día posterior al entierro, se vieron salir del panteón del Montecillo varios centenares de escarabajos negros que rodaban una bola de arcilla hacia el desierto.


 

Viva Mi Desgracia Mariachi Vargas De Tecalitlan