MAURO, EL FILÓSOFO CALLEJERO
por Federico Monjarás Romo de "Del San Luís que se va"

 

Al hacer con estrépito varias monedas dentro de la taza metálica, el pordiosero invidente, reflejando en su semblante una sonrisa de agradecimiento, pronunció con arrastres de voz:

¡Gracias, Dios se lo ha de pagar…!

Levanta el rostro y deja ver su faz tostada, donde se hunden inmisericordes las profundas huellas del sufrimiento. La hirsuta melena y la barba en desorden, le dan el aspecto de un profeta de la antigua Grecia.
Un sol poniente, radiante Y surrealista nos inunda alargando las sombras, mientras las puertas de las casas permanecen cerradas.

Ni un ser viviente transita en esos momentos por la última cuadra de la amplia avenida Damián Carmona y, en medio de la austera soledad, destaca tan sólo, con imponente dramatismo, la inmóvil figura del menesteroso en actitud piadosa…
Y, en su derredor, el silencio.

Volvemos cincuenta años atrás.

Reverdecía entonces el jardín de La Compañía, frente al cual, y aun lado de la antigua Iglesia del mismo nombre, permanecía erguido con airosa majestuosidad, el edificio del Instituto Científico y Literario del Estado, ante el cual se arremolinaban grupos de jóvenes estudiantes: Antonio Urriza, Rodolfo Diódoro Ruiz, Mauro García Guerrero, Rafael Díaz de León y docenas más que formaban bulliciosa algarabía.
A una u otra hora, se veían entrar o salir a los graves señores catedráticos, que eran saludados con Castro, Horacio Uzeta, Miguel Otero, José María Quijano, los abogados Arnulfo Pedroza, Francisco A. Noyola, Adolfo Margáin, Manuel Vildósola, Rafael Ambriz, Cayetano García y otros.

En la época en que la "caballerosidad y el honor, la moral y la fe cristiana, representaban base y garantía del credo espiritualista y a la gala se tenía ajustar la conducta a fincar la idea del alto pensar y bien decir".
Los años fueron dejando atrás aquella época y surgieron nuevos nombres de profesionales egresados del Instituto Científico y Literario, quedando otros retenidos por haberse espiritualizado en la anchura literaria.
Las corrientes culturales se acrecentaban. Una pléyade de intelectuales y artistas se inquietaba en medio de sus intensidades por producir y crear, siguiendo las rutas abiertas al talento.

Manuel José Othón, estaba en el ánimo de todos. Su poesía se había impuesto por el depurado clasicismo que definió su escuela literaria y seguían sus pasos David Alberto Cossío y Gildardo Estrada Dávalos, Julián Carrillo, consciente de su genio musical, seguía un camino propio, genuino y brillante, tras la teoría más original, el Sonido 13, que lo colocaría en sitio universal… Germán Gedovius, llegaba a la consagración definitiva del arte pictórico, descollando en motivos religiosos de armoniosas formas y colores… Jesús Silva Herzog, avizoraba en las latitudes del tiempo, acontecimientos que resumiría en documentada obra histórica… Teresa Farías, novelista y escritora de dramas y comedias, estos temas le eran propicios para consolidar su prestigio… Luis Castro y López y Leonardo Arizmendi, se encaminaban con paso firme y seguro por el carril de ese difícil camino que conduce a la cima del éxito en la oratoria.
Y, mientras tanto, Mauro García Guerrero, el terrible blasfemo, archivando en el subconsciente el acervo maravilloso de los épicos pasajes de la mitología, los externaba en no menos brillantes y apasionadas controversias con las más aventajadas estudiantes. Inasequible y violento era Mauro, como alguien decía de una figura de la literatura en otro tiempo: "Un caballero de tajantes opiniones y maneras. Implacable con los necios y benévolo para los discretos, es decir, aquellos a quienes concedía paridad".

Había "destripado" como estudiante y dejaba correr su vida en medio de una jocundidad despreocupada. Tan sólo parecía interesarle la charla, haciendo surgir el comentario filosófico, con la emoción más honda de su inspiración poética.

Era común ver a Mauro, el filósofo callejero, ir con los estudiantes, quienes le festejaban ese espíritu muy suyo, despierto e ingenioso unas veces, procaz y furibundo muchas.
Y así, largos años pasaron, vinieron nuevas generaciones de estudiantes y Mauro desapareció.

Ahora el pordiosero invidente, vemos que tras de las enmarañadas hebras platinadas, se advierte el estropeado rostro del que en otros tiempos, para nosotros fuera el filósofo inmenso y nos invade un sentimiento de conmiseración.
Y pensamos: este pintoresco animador de generaciones y de estudiantes de otros tiempos, para muchos profesionales ya con prestigio y una posición bien ganada, ¿no representará el puente que los devuelva de la edad adulta a la adolescencia, ofreciéndoles la evocación de los gratos e inolvidables días de universitarios en sus años juveniles?

Nos retiramos trayéndonos motivos de algo que habíamos vivido en una vaguedad como entre sueños, sin recordar cuándo ni cómo.

Mientras tanto, Mauro quedaba atrás, quieto y solitario, presidiendo el silencio.