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Las posadas


Al llegar la temporada de fin
de año. con su evocadores días de invierno, nos trae a
unos, un cúmulo de alegrías, a otros de nostalgias... A
casa momento escuchamos los dulces cantos alusivos a la
Navidad que se dejan oír constantemente en toda la
ciudad y su melodía nos cautiva, invadiéndonos un vago
anhelo de bienaventuranza.
El frío inclemente, que congela la atmósfera, penetra en
cuerpos y almas...
No obstante, el bullicio se manifiesta a toda hora... La
propaganda comercial se acrecienta... Es la época de
mayor realización absorbiendo los aguinaldos de los
empleados, que se convierten en regalos y bailes
colectivos populares... las calles se ven pletóricas de
gente en un ir y venir incesante bajo los rótulos
publicitarios luminosos y figuras alegóricas,
apareciendo dondequiera el simbólico arbolito de
Navidad, Santa Claus, campanas, esferas multicolores y
en los deslumbrantes aparadores, innumerables juguetes,
predominando os d plástico.
El ambiente de Pascua nos enternece devolviéndonos al
pasado y vamos a él para atraparlo, describiendo lo que
paso antes y examinar el espíritu que le dio vida.
Se iniciaba la serie de reuniones familiares, el ciclo
tradicional de las "posadas" del 16 al 24 de diciembre,
disfrutando placenteramente las nueve noches.
Esta costumbre de fiestas caseras, hace algunos años, se
efectuaba con su ambiente mexicano propio, dentro del
medio hogareño: animadas tertuliasen las que chicos y
grandes, en bulliciosa algarabía, compartían con júbilo
de estas celebraciones en las que prevalecía el sentido
religioso, ante la proximidad de la fecha de
advenimiento del Niño Dios, Salvador del mundo.
Las naves de los templos se inundaban con la entonación
de villancicos y el alegre acompañamiento de panderos,
cascabeles y pitos de agua que los niños simbólicamente
como pastorcitos, hacían sonar.
Constituían estas festividades, la expresión más genuina
de tan devota conmemoración, que inspiraba el deseo de
fomentar el ánimo de cofraternidad, dentro de un marco
cordial de convivencia humana.
Y se generalizaba el entusiasmo en toda la ciudad...
Nadie pensaba en otra cosa que en el encanto que
ofrecían las fiestas decembrinas... Todo el mundo
parecía aclamar en aquellos instantes plenos de
regocijo, el principio de la temporada más bella y
emotiva del año... Las muchachas con sus familias,
previa invitación, se esmeraban por presentar su mejor
apariencia y los jóvenes se alistaban con
apresuramiento.
El ambiente se inquietaba con el frecuente transito en
las estrechas calles potosinas... La casa donde se
celebraba la posada, permanecía con las ventanas
entrecerradas, escuchándose hasta el exterior la
algarabía de la concurrencia, la música y los gritos de
los chicos que se entretenían con las luces de bengala.
Al abrir la puerta, se percibía el aroma a musgo y pino
que despedían las ramas escarchadas que daban marco al
nacimiento colocado en un lugar preferente de la sala,
destacando al centro el Misterio: Señor San José, la
Virgen María y el Niño Dios bajo el portal cubierto de
heno y rodeado de curiosas figuritas de barro, de los
Reyes Magos, pastores, corderitos, el buey y el burrito,
etc., cumpliendo así los dueños de la casa, ante todo
con una obligación ineludible, de quien respeta sus
creencias.

El patio, entre adornos de guirnaldas de papel, guías de
paxtle y farolitos, destacaban las enormes piñatas con
originales figuras que el daban el peculiar carácter
navideño a la celebración... Y de la cocina se alcanzaba
a aspirar el olor a canela, guayaba, naranja, caña,
tejocotes y ciruela pasa del exquisito ponche Mexicano,
que indiscreto escapaba.

El acto de mayor significación, lo constituía el momento
de pedir la posada, organizándose la procesión, llevando
en andas a los Santos Peregrinos, seguidos de la
concurrencia que sostenía velitas de colores encendidas,
entonando a coro los tiernos y fervorosos cantos
alusivos y la Letanía.

Luego, con todo recogimiento, se daba a besar al Niño
Dios, haciendo el reparto de las colaciones, galletas y
huevitos de faltriquera, en artísticos cestitos.
Después venia lo divertido al romper la piñata,
interviniendo tanto la chiquillería como al juventud,
festejándose entre risas y gritos los incidentes chuscos
que se suscitaban al quebrarla, cayendo un diluvio de
frutas y cacahuates... En seguida, sin dejar de saborear
los deliciosos y vaporizantes ponches, se generalizaba
el baile, continuando estos festejos hasta el 24.
En esta fecha alcanzaba mayor lucidez la celebración de
la Noche Buena y la llegada de la Navidad, tras asistir
a Misa de Gallo, se servía espléndida cena con sabrosos
tamales y buñuelos, culminando así tan memorable
temporada, en la noche sublime que se despedía dejando
escuchar el distante detonar de cohetes por toda la
Ciudad, bajo un cielo despejado, quedando tan solo
flotando en el espacio, el eco de la frase proverbial de
!Feliz Navidad!...





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