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por Federico Monjarás Romo de "Del San Luís que se va"
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Entre los
atractivos que poseen todas las ciudades del mundo, se
cuentan sus parques y jardines, que le dan belleza y
además prodigan oxigeno a su población y, como signo de
cultura, muestran sus monumentos y esculturas, ya sea
que representen una idea alusiva, simbólicamente, o esté
reproducida la figura de algún prócer que merezca la
gratitud de sus conciudadanos.
La Alameda de San Luis, que lleva el nombre del insigne
precursor de la Revolución Juan Sarabia, lució a través
de diferentes etapas, un arreglo sobrio, después,
durante sucesivas administraciones municipales,
experimentó muy variados cambios, hasta hacer
desaparecer la influencia europea que predominaba en la
época porfiriana, que se hacía patente en la glorieta de
estilo clásico que honra la memoria del Padre de la
Patria, don Miguel Hidalgo y Costilla, cuyos motivos
adicionales: kiosco, arbotantes y bancas metálicas de
altos respaldos, desaparecieron siendo reemplazados por
la ornamentación de tipo rústico que ahora tiene, cuya
estructura simula estar hecha con troncos de árbol y
gruesas ramas, dándole a la ciudad la apariencia de lo
que no tiene, es decir, que corresponde a zonas que son
pródigas en vegetación, boscosas, donde echan mano de la
madera como material de construcción, carente en toda
nuestra región semidesértica.
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En la
temporada en que se introdujo en la Alameda este
arreglo, no se tomó en cuenta que lo adecuado debían ser
los motivos que seguían el mismo modelo de la glorieta
central… El antiguo kiosco que había en el lado
poniente, junto al andador, se hizo desaparecer
innecesariamente, con el pretexto de erigir un
monumento, proyecto que jamás se realizó y lo único que
se hizo fue eliminarlo… Existe el antecedente de que,
allá a mediados de los años treintas, durante un mitin
político en el que hablaba en público desde el kiosco el
profesor Aurelio Manrique, fue agredido y lesionado por
las hordas del cacique imperante, despojándolo de su
barba florida.
Era época en que aún el espíritu cívico y el interés del
pueblo en cuestiones políticas, se manifestaban… En la
temporada de elecciones, se suscitaban verdaderos
tumultos. Los comités de partido armaban con garrotes a
los votantes y se registraban rudos enfrentamientos con
saldo de heridos de ambos bandos contrarios y en medio
del desorden, asaltaban las casillas y robaban las
ánforas… Reinaba la confusión, había zozobra entre las
familias… Las mujeres y los niños se abstenían de salir
a la calle, prevalecía un estado de pánico, situación
que contrasta con el desdén que demuestra la ciudadanía
actual, que necesita campañas de propaganda contra el
abstencionismo.
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A través de diferentes temporadas, la Alameda fue
escenario de innumerables actos cívicos y de ceremonias
escolares durante los días patrios, así como lugar
preferido de la población como paseo, vespertino,
especialmente los domingos, que se constituía en el
punto de concentración de nuestras clases populares.
En otros tiempo, contaba la Alameda con atractivos que
interesaban a los visitantes: un Parque zoológico, que
contenía una variedad de animales, entre ellos aves
silvestres, águilas, lechuzas, gavilanes, coyotes,
tejones, changos, etc., haciéndose necesario retirarlo
por razones de higiene, ya que se le tenía muy mal
atendido.
La concurrencia dominical encontraba distracción sana en
la Alameda… En temporada más o menos reciente, los
asistentes al acostumbrado paseo, se deleitaban
escuchando grabaciones selectas, pues había instalados
en los árboles aparatos de sonido que reproducían música
escogida con verdadero acierto: valses de Strauss, Lehar,
Lerdo de Tejada, Alvarado, etc., de la que disfrutaban
personas tanto de mayor edad como jóvenes… Audiciones
musicales de exquisito gusto.
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La Alameda se constituyó los domingos en paseo familiar,
el jefe de casa se complacía viendo juguetear a los
chicos que a su vez, se distraían observando en los
lagos a los patos y gansos que aún existen, dejando así
transcurrir las horas entre el bullicio de las gentes y
el ir y venir de los vendedores ambulantes de "duro",
semillas, manzanas cubiertas clavadas en un carrizo,
fruta en rebanadas: de sandía, papaya, piña… Dulces, sin
faltar el algodón de azúcar… Y así, la tarde iba cayendo
en un celaje de tonos nacarados, en medio de la
algarabía del trino de los pájaros.
Y la Alameda no dejó de ser sitio frecuentado por
artistas y poetas… En una alocución, el orador Alberto
Guerrero Amaya, hizo emotiva semblanza de nuestros
prohombres, cuyas esculturas allí, avivan el recuerdo de
juan Sarabia, Manuel José Othón y Camilo Arriaga… El
pintor Primo Casso Soria, captó de ella múltiples
apuntes… Se detuvo alguna vez, en sus horas libres, el
maestro violinista Simón Rodríguez Tagle, arrobado ante
la fronda de sus árboles… Y, sabemos, que fue tránsito
obligado del poeta Ramón López Velarde, en su paso a la
cita en la ventana con la dulce novia provinciana, de la
que se ausentaría… Y en su despedida, momentos en que se
piensa mucho y se habla poco.
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En fin, a diario innumerables personas iban a recrearse
a la Alameda: ancianos venerables, hombres de edad
madura, jóvenes enamorados, niños. Todos encontraban un
encanto en ella: los primeros, con su sonrisa, gesto de
nostalgia, hacían transcurrir su existencia en
melancólicas confidencias… Los segundos, recorrían el
mundo a través de las páginas de un Diario… Los
enamorados, desdeñosos de la solemnidad, tal vez
descubrían en el instante un embeleso fascinante y los
chicos, en su inquietud normal, buscaban afanosamente el
goce embaucador del paso del tiempo.
Música de Strauss El
danubio azul música que se tocan en aquellas épocas en
la alameda
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