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DOS ÉPOCAS
por Federico Monjarás Romo de "Del San Luís que se va"

El San Luís del ayer, a la Capital potosina de hoy,
presenta una fisonomía distinta, maquillada y
rejuvenecida, siguiendo un plan renovador a tono con el
ritmo acelerado de la época actual.
Quien forma parte de su comunidad, retiene mentalmente
los hechos que se van sucediendo dentro del acontecer
cotidiano y que, transcurrido el tiempo, reiterará
testimonios de lo ocurrido. Los días en que vivimos,
muestran la estructura física contemporánea de la ciudad
y lo que de ella, en otros aspectos, se puede constatar.
Se levantaron nuevas construcciones de corte moderno, en
contraste con no pocos de sus edificios monumentales,
mermando gran parte de su riqueza en arte colonial, que
ha sido destruida.
Se advierte que se han ido extinguiendo los
aristocráticos apellidos de las antiguas familias
potosinas. Se comprueba su importancia económica, dentro
de las proporciones del miedo.
Se observa el movimiento citadino girando en un área que
muestra innovaciones, de acuerdo con las modernidades
"Up to day".
Se manifiesta la actitud de las generaciones jóvenes, en
los terrenos moral y político, así como en materia de
religiosidad, de no reconocer vigencia del pasado en el
presente, considerando rota la continuidad de los
valores transmitidos.
Se descubre en el mundo de las modas lo que antes no
hubiera podido ni soñarse como cosa común: hombre y
mujer con prendas "unisex" - travestismo - y demás.
Y, como signo potente de la época, la reforma de
convivencias sociales… Esa actitud impersonal e
indiferente de las gentes, que las deshumaniza.
Pero, como en todas las ciudades que han alcanzado mayor
desarrollo, el crecimiento iniciado en San Luís, le va
trayendo serios inconvenientes. Ya se habla del ruido…
De la contaminación de la atmósfera… La circulación… La
gente forma largas filas para abordar peligrosamente los
camiones… Los coches de alquiler no bastan… Se teme la
falta de agua y suelen producirse apagones… Se ha
multiplicado por cinco el número de sus habitantes en
menos de un cuarto de siglo. En fin, el nacimiento de
estos problemas corre más de prisa que la aplicación de
las soluciones.
Este es el escenario que ahora conocemos de la
antiguamente llamada "Ciudad de los Jardines",
denominación ancestral de la que nos ufanábamos los
potosinos.
Acostumbrados a esas perspectivas, advertimos en aquella
ciudad, que parecía no tener edad en el tiempo, la
esencia provinciana en múltiples aspectos: sus calles
empedradas, sus portales, casonas que quedaron como
huella de la Colonia y que sin conservar ese legado,
fueron destruidas, para erigir insulsos edificios
comerciales.
Los sencillos días pasados, se esclarecen en nuestra
imaginación, escenas a un ritmo lento, calmado… La gente
no vivía con apresuramiento… El cielo límpido y la
atmósfera transparente inundaban sus estrechas calles
recoletas, donde privaba la quietud… En los jardines
todo era hermoso, verde y florido, protegidos por una
"guarda" de trueno a cedro, que evitaba el mal trato a
los prados apretados de macizos de rosas… Se veía a los
enamorados caminar por las callecitas laterales, los
chicos corretear y la gente de más edad se solazaba
sentada en las bancas bajo la fronda de los árboles…
Nadie hablaba del ayer o del mañana, lo que importaba
era el presente… Había saludos afectuosos, todo mundo se
conocía, como una gran familia.
Vida apacible, que denotaba aferrarse a un sentido de
estabilidad, no variaba el aspecto característico de la
ciudad: la Plaza de Armas, sus Palacios: Ipiña. De
Cristal, de Gobierno, Federal, Monumental y Municipal…
La Catedral… Los siete barrios: Tequisquiapan, San
Miguelito, San Juan de Guadalupe, San Sebastián, El
Montecillo, Tlaxcala y Santiago del Río, que en épocas
de lluvias la creciente de sus aguas constituía una
atracción, viéndose muy transitada la calle Real de
Santiago (ahora avenida Damián Carmona)… Sus corrientes
de Miguel Barragán, Reforma y Santos Degollado, esta
última, calle de La Lonja.
El tranvía era entonces el único medio de transporte
colectivo urbano, con líneas al Santuario de Guadalupe,
San Miguelito, Tequis y el Saucito… Asimismo, de
servicio público, las carretelas de alquiler, que
permanecían alineadas en los "Sitios" de San Francisco,
La Compañía y San Juan de Dios, con sus caballos
adormilados, mientras llegaban clientes, siendo
reemplazados poco después por los automóviles "Fotingos"…Iniciando,
asimismo, sus primeros recorridos, como camión de
pasajeros "El Farolito".
Como parte de un San Luís del pasado, aún subsisten a
través de varias épocas, casas comerciales, muy contadas
por cierto: "La Virgen", José E. León, Al Libro Mayor,
Hotel Progreso, "La Exposición", La Librería Española,
Cuadra Hnos., La Antigua Arca, Botica de la Alhóndiga,
El Porvenir, Baños de San José, "El Esplendor", "La
Cubana", y otras. Entonces, al frente de las principales
negociaciones, se hallaban comerciantes de origen
español, francés e italiano, como actualmente predominan
de ascendencia árabe.
La gente de aquellos días vivía apegada a sus costumbres
tradicionales, para identificar así la Fe con la vida,
muy lejos de pensar en que dentro de la Iglesia
surgirían divergencias entre los que se proponen ponerla
"al día" y los que desean mantenerla en sus viejos
moldes.
Quienes añoran el pasado en perpetua huída, hacen
memoria de sucesos que dieron vida a una época
inolvidable para ellos: Los paseo en carretela por la
avenida Centenario (hoy Venustiano Carranza)...Las
reuniones sociales en las "Quintas Barrenechea, del
Sagrado Corazón y otras… Los Combates" de flores en
Carnaval… Los aristocráticos bailes en que actuaba la
orquesta dirigida por don Santiago Uresti… Las posadas
familiares en la casa del DR. Jurado… La Misa de una los
domingos en Catedral, que se significaba por su
concurrencia de gente "bien" resaltando la elegancia de
sus asistentes y el buen gusto en el vestir de las damas
que constituía un verdadero desfile de modas… Después,
la Matinée en la Plaza de Armas. Sobre el andador se
instalaba un toldo con franjas azules y blancas, sillas
a los lados que ocupaban las familias, mientras las
damitas daban vueltas a la Plaza, ante la mirada de sus
admiradores… La Banda del Estado ofrecía audiciones
selectas y los coches circulaban en derredor del jardín…
Aquél conjunto daba un aspecto de animación y ponían la
nota alegre los vendedores de globos de colores,
rehiletes y golosinas, prolongándose el paseo al
iniciarse la tarde, yéndose todo mundo a comer a casa.
Quienes se sienten íntimamente ligados a esa temporada,
exclaman con nostalgia: "Si tuviera que vivir otra vez,
volvería a la misma época".

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