Jueves, 8 de Septiembre de 2005
Alejandro Rosas / Historiador.
Las edades no
importaban. Sólo uno podía definirse
propiamente “niño”; el resto eran
jóvenes adolescentes entre los
diecisiete y diecinueve años de edad. La
historia oficial los igualó y los reunió
bajo un nombre escrito en letras de oro:
“los niños héroes”.
La defensa del Castillo de Chapultepec y
la muerte de los cadetes del Colegio
Militar fue tan real como la de los
otros cientos de mexicanos desconocidos
que sucumbieron en la guerra contra
Estados Unidos entre 1846 y 1848, y
particularmente durante el asalto
estadounidense al Castillo, ocurrido el
13 de septiembre de 1847.
La historia oficial se encargó, sin
embargo, de reducir la jornada de
Chapultepec, exclusivamente al
sacrificio de los jóvenes cadetes y
ensalzar hechos que no ocurrieron, o que
fueron distorsionados, cuando sus
acciones, por sí solas, los colocan en
el altar de la patria. Desde luego
fueron héroes por haber tomado las armas
para defender el territorio nacional, lo
cual por sí mismo es un acto de
heroicidad. Fueron héroes porque no
tenían la obligación de permanecer en el
Castillo por su condición de cadetes.
Fueron héroes porque con escasas
provisiones y pertrechos militares,
resistieron un asedio de más de un día,
con fuego de artillería que hacía
cimbrar Chapultepec entero. En todo
caso, la edad poco importaba.
Aunque la historia de los niños héroes
ya se conocía desde el porfiriato, por
razones políticas adquirió la dimensión
de un “cantar de gesta” en el periodo
del presidente Miguel Alemán. La razón
era sencilla, en marzo de 1947 el
presidente de Estados Unidos, Harry
Truman, realizó una visita oficial a
México cuando se conmemoraban 100 años
de la guerra entre ambos países. Para
tratar de agradar a los mexicanos colocó
una ofrenda floral en el altar de la
patria. Sin embargo, el homenaje tocó
las fibras más sensibles del
nacionalismo mexicano y desató el
repudio hacia el vecino del norte, a tal
grado que, al caer la noche, cadetes del
Colegio Militar retiraron la ofrenda
colocada por la mañana y la arrojaron a
la embajada estadounidense.
Para apaciguar los ánimos y resaltar los
valores de la mexicanidad, el gobierno
decidió recurrir a la historia. Poco
después de la visita de Truman se dio a
conocer una noticia que ocupó las
primeras planas de los diarios. Durante
unas excavaciones al pie del cerro de
Chapultepec se encontraron seis
calaveras que se dijo pertenecían a los
niños héroes. A pesar de las dudas de
historiadores y peritos, nadie se
atrevió a contradecir la “verdad
histórica”, avalada por el presidente,
con un decreto donde declaró que
aquellos restos pertenecían
indudablemente a los niños héroes.
¿Quién podía cuestionar semejante
afirmación? Seguramente en septiembre de
1847, en medio de los combates que se
verificaban en la ciudad de México,
alguna persona con mucha visión, se
había tomado el tiempo para reunir los
cuerpos de los seis cadetes y los
sepultó, esperando que un siglo después
fueran encontrados para gloria de
México.
A partir de ese momento, los “niños
héroes” adquirieron otra dimensión.
Gustó mucho la dramática escena del
cadete Juan Escutia, tomando el lábaro
patrio entre sus manos, envolviéndose en
él y arrojándose al vacío para evitar
que cayese en manos invasoras –de lo
cual ninguna relación histórica del
siglo XIX da cuenta. A partir de
entonces, el acontecimiento se convirtió
en un mito y la historia oficial se
encargó de contar sólo una parte de lo
sucedido.
Hoy sabemos, que los seis cadetes que
cayeron combatiendo no eran los únicos
que tomaron las armas para defender a la
patria. Había otros, particularmente
uno, que resultó herido y logró
sobrevivir. Ese otro “niño héroe” tuvo
la fortuna de salir con vida de la
batalla, no obstante que se mantuvo
firme en su posición defensiva.
Un poco más crecidito, nuestro “niño
héroe” se convirtió en la mejor espada
del partido conservador y en acérrimo
enemigo de los liberales y de don Benito
Juárez. De haberlo tenido en sus manos
lo hubiera hecho fusilar, como don
Benito hizo con él tiempo después.
Nuestro “niño héroe” -desconocido para
casi todos-, de haber militado en las
filas liberales, también por decreto
pudo haber sido llamado: “el niño héroe
presidente” ya que ocupó la primera
magistratura del país a los 27 años de
edad, pero se equivocó de bando y por
consiguiente fue condenado al infierno
cívico. Su nombre: Miguel Miramón.
Es tiempo de darle vuelta a la página de
la guerra con Estados Unidos. Desde
luego, debemos un reconocimiento a todos
los combatientes mexicanos en una guerra
por demás injusta; cadetes y soldados
del ejército, por igual, merecen un
sepulcro de honor, cualquiera que haya
sido su filiación política posterior. Y
la mejor forma de rendir honores, puede
ser, recuperando la historia para mirar
al futuro.
Correo
electrónico:
arr1910@cablevision.net.mx
Última
modificación:
Jueves, 8 de Septiembre de 2005 a las
18:12 por Jesús Olguín Sánchez.
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