 |
 |
|
Republica
Mexicana |
Segundo Imperio
Frunces |
|
Ignacio Zaragoza |
Conde de
Lorencez |
|
4.700 soldados
la mayor parte
de ellos
veteranos de la
Guerra de
Reforma, entre
100 y 300
milicianos y
civiles armados |
6.040 soldados
entre Infantería
Naval, 99°
Regimiento,
segundo
regimiento de
Zuavos y
soldados de
Argelia y Reino
Unido. |
|
83 muertos, 130
heridos |
476 muertos, más
de 512 heridos |
|
Ejército
mexicano |
Fuerza
expedicionaria
francesa |
|
2ª División de
Infantería,
General Miguel
Negrete 1.200
soldados.
1ª Brigada
(Loreto)
Batallones:
Fijo, Tiradores,
y Cazadores de
Morelia. 1
Batería de
Artillería.
2ª Brigada
(Guadalupe)
Batallones: 6°
de Guardia
Nacional de
Puebla (Zacapoaxtlas),
Mixto de
Querétaro, 2° y
6° de Puebla.
1 Batería de
Artillería.
3 Brigadas
Independientes
de Infantería.
1º Brigada de
Infantería,
General Felipe
Berriozábal:
1.082 soldados.
Batallones: Fijo
de Veracruz, 1º
y 3° Ligeros de
Toluca.
2º Brigada de
Infantería,
General
Francisco de
Lamadrid: 1.000
soldados.
Batallones:
Reforma,
Rifleros de San
Luis, Zapadores.
3º Brigada de
Infantería,
General Porfirio
Díaz: 1.020
soldados.
Batallones:
Patria, Morelos,
Guerrero,
cuadros de los
1º y 2º de
Oaxaca.
Brigada de
Caballería,
General Antonio
Álvarez: 550
Jinetes.
3° Regimiento de
Carabineros de
Pachuca.
Escuadrones de
Lanceros de
Toluca y de
Oaxaca. |
1 Cuerpo de
Ejército de
Infantería.
6.048 Soldados.
99º Regimiento
de Línea.
2º Regimiento de
Zuavos.
1 Batallón de
Fusileros de
Infantería de
Marina.
1 Batallón de
Ingenieros
Coloniales.
1º Cuerpo de
Caballería
Ligera. 152
Jinetes.
2º Escuadrón de
Cazadores de
África.
1º Batallón de
Cazadores de
Vincennes.
|
Antecedentes
Debido principalmente a la
cantidad de deudas, Francia,
Inglaterra y España
subscribieron el Convenio de
Londres, por la cual se
comprometieron a intervenir
por el uso de la fuerza en
México para reclamar sus
derechos como acreedores,
mientras tanto el Presidente
Benito Juárez declaro
suspendidos los compromisos
adquiridos y aplazó pagar la
deuda a las naciones
europeas. Tras desembarcar
en Veracruz, España e
Inglaterra aceptaron las
explicaciones mexicanas
dadas en los Convenios de la
Soledad, los cuales tenían
como fundamento, el respeto
a la soberanía territorial,
el reconocimiento de las
naciones acreedoras al
Estado Mexicano, la entrada
al terreno de las
negociaciones para llegar a
acuerdos en común, que
beneficiaría tanto a la
República Mexicana, como a
los intereses de las
potencias invasoras, y por
último, se permitiría que
los soldados de los tres
países se establecieran en
las ciudades mexicanas de
Orizaba, Córdoba y Tehuacan
durante las negociaciones,
debido a lo malsano del
clima imperante en el puerto
de Veracruz; en caso
contrario, los soldados de
las tres potencias se
retirarían a las costas de
Veracruz para así comenzar
las hostilidades. Solo los
representantes de España e
Inglaterra comprendieron la
situación que guardaba la
República Mexicana, al
analizar los argumentos,
decidieron negociar de
manera independiente ante la
autoridad mexicana,
privilegiando a la nación
mexicana con un triunfo
diplomático, que dadas las
difíciles circunstancias,
permitió encauzar esfuerzos
posteriormente hacia la
intervención del Imperio
Francés; pero ellos tenían
otros planes. El primero, el
pronto pago con intereses de
la deuda, esto incluía un
cobro exagerado por parte de
la Casa Jecker, debido a
destrozos causados durante
la Guerra de Reforma, dos,
tener control total y
absoluto de las aduanas, así
como intervención directa en
la política económica del
país, y tres, el más común,
imponer un gobierno
monárquico en México, con
miras a contrarrestar el
creciente poderío de los
Estados Unidos.
Sin embargo, un mal
entendido por parte de los
representantes de las tres
potencias, aunado a los
ambiciosos planes de la
representación francesa de
sus propios tratados, inicio
pronto las hostilidades con
el ejercito de Napoleón III,
dando por iniciada la
invasión francesa.
Al frente del ejército
francés venía el general
Charles Ferdinand Latrille,
Conde de Lorencez, quien
partió de Veracruz en
dirección a la ciudad de
México, pasando por Tehuacán
y avanzado hacia el oeste.
Para contrarrestar este
avance, el gobierno mexicano
de Juárez encargó el mando
del Ejército de Oriente al
general Ignacio Zaragoza,
hasta entonces Secretario de
Guerra y Marina y veterano
Húsar de la guerra con los
Estados Unidos.
El 16 de abril de 1862, el
General Juan Prim, Jefe de
la Fuerzas Españolas,
escribía a Ignacio Zaragoza
que, no habiéndose puesto de
acuerdo los representantes
de los tres países, solo los
españoles e ingleses
aceptarían los términos que
Juárez decretara en los
Tratados de la Soledad, y se
reembarcarían de regreso a
casa. También puso en alerta
a Zaragoza que los franceses
no aceptaron esto, pues
vieron fallas en este
decreto, y que exigían
pronto el pago, pues se
veían amenazados por los
Prusianos con una guerra, y
no tenían con que solventar
una guerra, por lo cual
comenzarían una invasión
hacia la capital de la
República, supuestamente
para poder obtener el pago
de la deuda.
Después del fracaso de los
Tratados Preliminares de La
Soledad y el retiro de las
flotas española e inglesa
tras la escaramuza entre
galos e hispanos en Córdoba,
el ejército francés, al
mando del general Charles
Ferdinand Latrille, Conde de
Lorencez, sale de Orizaba
hacia el oeste. Había
llegado envuelto en laureles
de victoria, colgando de sus
blasones los nombres de sus
triunfos obtenidos en
Solferino, Magenta, Argelia
y Sebastopol, reflejaba esa
actitud la insolencia y
subestimación de Lorencez,
al enviar al Mariscal de
Francia Lannes, el siguiente
mensaje: “Somos tan
superiores a los mexicanos
en organización, disciplina,
raza, moral y refinamiento
de sensibilidades, que le
ruego anunciarle a Su
Majestad Imperial, Napoleón
III, que a partir de este
momento y al mando de
nuestros 6000 valientes
soldados, ya soy dueño de
México”. Era un sueño
absurdo el de Lorencez
querer conquistar un país
cinco veces más poblado que
Francia, pero sostenida por
la guerra civil que vivía
México, y la no amenaza de
Estados Unidos, pues también
se encontraba en guerra
civil.
A toda prisa, el gobierno
federal de Benito Juárez
García ordena a Zaragoza que
organice el Ejército de
Oriente, compuesto de cerca
de 10 mil hombres, escaso
número para el vasto
territorio que deben cubrir.
El general Ignacio Zaragoza,
hasta entonces Secretario de
Guerra y Marina y veterano
húsar durante la guerra con
los Estados Unidos, toma el
mando del cuerpo, y se
dirige hacia los límites
entre Veracruz y Puebla, a
fin de reconocer el avance
del ejército francés, que ya
entraba en combate con las
tenaces guerrillas
veracruzanas, las que no
dejan de acosarle. El 22 de
marzo ordena el fusilamiento
de Manuel Robles Pezuela,
detenido en Tuxtepec junto
con algunos jefes
conservadores, que logran
escapar de las tropas del
General Arteaga. Acusado de
Alta Traición al buscar
alianzas con los invasores,
Pezuela se niega a creer que
la sentencia será ejecutada,
ya que piensa que a Arteaga
no le convendría darle un
mártir a los conservadores.
Sin embargo, palidece y su
esperanza desaparece cuando
se entera que la orden no es
de Arteaga, sino de
Zaragoza. Fusilado el
General Robles Pezuela en un
costado de la iglesia de San
Andrés Chalchicomula,
mientras los conservadores
reúnen tropas del orden de
1.200 hombres cerca de
Atlixco, con esto se inicia
la llamada Batalla
Antidiplomatica.
Por otro lado, un
contingente del Ejército de
Oriente de 4.000 efectivos,
con Zaragoza a la cabeza,
sale de la Cañada de Ixtapa
para cortarle el paso a los
franceses. El 28 de abril,
en las Cumbres de Acultzingo
tiene su primer encuentro
con las fuerzas europeas.
Zaragoza no pretende
disputarle el paso al
contrario, sino más bien
foguear a sus soldados,
faltos de experiencia, y al
mismo tiempo causarle
algunas pérdidas al enemigo.
Las águilas napoleónicas
pierden quinientos hombres,
mientras las bajas mexicanas
ascienden a medio centenar,
entre ellos el bravo general
José María Arteaga quien,
tras haber batido a una
columna francesa y llegado a
solo cincuenta pasos de la
reserva de Lorencez, ésta
hizo fuego sobre la tropa
mexicana y Arteaga cae del
caballo, herido en la pierna
derecha, que más tarde le
sería amputada. Cumplida la
misión, Zaragoza retorna con
sus hombres a Ixtapa.
“Pelean bien los
franceses...” afirma
Zaragoza, “...pero los
nuestros matan bien”. Sin
embargo, aún tiene
desconfianza sobre el
desempeño real de sus tropas
en un combate en campo
abierto, es decir, en
batalla campal; el invasor
se posesiona de las Cumbres.
Crónica

El día 2 de mayo, el
ejército franco sale de San
Agustín del Palmar. Entre
ellos y la capital sólo se
encuentra la Ciudad de
Puebla de los Ángeles (hoy
Puebla de Zaragoza) por
donde los franceses esperan
pasar entre aplausos y
exclamaciones de los
opositores de Juárez, siendo
este el lugar más
conservador del México del
siglo XIX. Sin embargo, es
Juárez quien ordena a
Zaragoza que ahí se les
presente batalla a los
franceses.
El 3 de mayo Zaragoza arriba
a Puebla, dejando a
retaguardia de los franceses
una Brigada de Caballería, a
fin de hostigar al invasor.
La mayoría de la población
de la conservadora Puebla es
partidaria a la
intervención, y los civiles
se encierran en sus casas
detestando el suceso,
mientras los batallones
mexicanos desfilan
marcialamente entre las
desiertas calles de la
ciudad e ingresan en sus
cuarteles.
Zaragoza sube a lo alto del
cerro Guadalupe y en menos
de una hora ya tiene el plan
de batalla que va a seguir
para la defensa de la plaza
(ver tabla superior). De
inmediato fortifica los
reductos que se encuentran
en los cerros de Loreto y
Guadalupe. La guarnición
cuenta tan solo con 6,700
hombres, escasamente
armados, y para empeorar las
cosas, la mayoría de la
población, partidaria a la
intervención, se niega a
apoyar al ejército mexicano,
peligrosamente falto de
recursos. Se dice que tal
fue la insolencia de los
poblanos que Zaragoza
exclamó desesperado “Qué
bueno seria quemar Puebla”.
Sólo lo detendría el hecho
de que en "...la ciudad
también hay criaturas
inocentes”.[cita requerida]
El 4 de mayo, los
exploradores mexicanos
vuelven con noticias de que
los remanentes
conservadores, al mando del
General Leonardo Márquez se
disponen a socorrer a los
franceses. Zaragoza envía
una brigada de dos mil
hombres al mando del General
Tomas O´Horan a Atlixco, con
el fin de detener a Márquez,
y se dispone a preparar la
pelea. Organiza sus fuerzas
para la defensa de la plaza
con una Batería de Batalla y
dos de Montaña, cubriendo
Loreto y Guadalupe con 1,200
hombres, formando a los
otros 3,500 en cuatro
columnas, con una Batería de
Campaña, tres Brigadas de
Infantería y una de
Caballería.
El ala derecha mexicana la
cubren las tropas de Oaxaca,
junto a los Batallones
Patria, Morelos y Guerrero,
al mando de Porfirio Díaz.
El sitio de honor, el centro
de la línea, lo ocupan
Berriózabal y La Madrid, con
las tropas del Estado de
México y San Luis. La
izquierda se apoya en los
cerros de Loreto y
Guadalupe, con Miguel
Negrete a la cabeza de la
Segunda División de
Infantería. La artillería
sobrante es colocada en los
fortines y reductos dentro
de Puebla.
A las nueve con quince
minutos de la mañana del 5
de mayo, los franceses
aparecen en el horizonte,
cruzando fuego con las
Guerrillas de Caballería que
se batían en retirada, cuyos
jinetes no se repliegan
hasta que la batalla
francesa está formada y
lista para avanzar.
El combate se inicia a las
once cuarenta y cinco de la
mañana. Se rompe el fuego de
cañón y la infantería
francesa avanza, al amparo
de las baterías francesas,
quienes arribaron delante de
la infantería.
Dejando en su campamento una
fuerza respetable, en el
cuerpo del 99º de Línea, los
franceses esquivan el
combate a campo raso y
desprenden una pequeña
guerrilla por su izquierda,
al tiempo que mueven por su
derecha una gruesa columna
de cuatro o cinco mil
hombres entre las Haciendas
de Amalucan y Los Álamos,
avanzando a lo largo del
camino e iniciándose la
pelea frente a la Garita de
Amozoc.
Zaragoza comprendió de
inmediato el plan de
Lorencez y dio las
contraórdenes convenientes.
Berriózabal avanza a paso
veloz entre las rocas y se
sitúa entre la hondonada que
divide Loreto y Guadalupe;
Antonio Álvarez, con los
Carabineros de Pachuca,
protege la izquierda de los
reductos.
La línea de batalla mexicana
forma un ángulo que se
extiende desde Guadalupe
hasta la Plaza de Román,
frente a las posiciones
enemigas.
Sobre el camino que conecta
a la ciudad con la Garita de
Amozoc se dispone La Madrid,
protegiendo con las tropas
potosinas a dos piezas de
artillería. La derecha la
cierra Díaz con la División
de Oaxaca y los Lanceros de
Toluca y Oaxaca.
Los franceses continúan su
avance, colocando sus
baterías frente a Guadalupe
y devuelven el fuego
mexicano que nace de aquella
posición.
Los zuavos (regimiento de
infantería francesa)
ascienden entre Guadalupe y
Los Álamos, perdiéndose de
la vista de los fusileros
mexicanos. De repente,
aparecen frente al Fuerte de
Guadalupe, el cual rompe
fuego de fusil sobre la
columna, que para en seco
ante el fuego mexicano.
En ese instante, Berriózabal
da la bienvenida con
bayoneta calada a los
zuavos, quienes se retiran
en buen orden hasta ponerse
fuera de tiro.
Un momento fue suficiente
para que repusieran su moral
y se lanzaran de nueva
cuenta en pos de Guadalupe.
Los franceses, apoyados por
el Primero y Segundo
Regimiento de Infantería de
Marina, se abalanzan sobre
la línea mexicana, que los
recibe a la bayoneta.
Negrete, (del que se dice
que exclamó “Yo tengo patria
antes que partido”
pronunciado el día anterior,
al presentarse frente a
Zaragoza y rogándole le dé
un mando[cita requerida]),
al ver a los franceses
vacilar frente al fuego de
los fortines, grita a todo
pulmón a los centenares de
indígenas Zacapoaxtlas, del
6º de la Guardia Nacional de
Puebla: “En el nombre de
Dios, ahora nosotros..."
Saltando del parapeto, carga
a paso veloz sobre los
franceses, sorprendiendo a
los soldados franceses ante
los indios poblanos armados
de machetes, lanzas, hoces,
trinchetes y demás
instrumentos de labranza, y
trabando combate a fuego y
arma blanca, logran las
mexicanas banderas bellos
triunfos... La columna
francesa es rechazada de
Guadalupe y en Loreto son
contenidas otras columnas
asaltantes, varias veces,
mientras las baterías
francesas prosiguen su fuego
sobre los cerros, contestado
por la artillería mexicana
en lo alto de Guadalupe,
logrando que los franceses
retrocedieran de nuevo.
En aquel momento, el Coronel
Rojo avisa a Álvarez que era
tiempo de que la Caballería
Mexicana entrara en acción
para alcanzar una victoria
completa. Cargan sin piedad
los Carabineros de Pachuca
sobre los restos de la
columna, disparando sus
carabinas y lanzando
mandobles de sable sobre los
franceses, quienes se
retiran en buen orden a su
campo.
A las dos y media de la
tarde llega el primer Parte
de Guerra a la capital:
“Se ha roto el fuego de los
dos lados y cae un fuerte
aguacero. Zaragoza”. Los capitalinos respiran
aliviados. ¡¡Puebla no les
había abierto las puertas!!
Pero Zaragoza ya no podría
contar con los dos mil
hombres que había enviado a
Atlixco dos días antes, con
los cuales O´Horan batió a
los reaccionarios de
Márquez, impidiéndoles el
auxilio a los franceses. Y
cómo lamentaba el pueblo la
explosión ocurrida en la
Colecturia de Chalchicomula
que privó a Zaragoza de mil
trescientos de sus hombres
más experimentados.
Lorencez se dispone a dar el
último asalto, organizando
una columna con los
Cazadores de Vincennes y el
Regimiento de zuavos y
dirigiéndola a Guadalupe,
mientras pone en marcha una
segunda compuesta con los
demás cuerpos, excepto el
99º de Línea, en reserva; la
segunda columna ataca la
derecha de la línea de
Zaragoza.
A ésta le salen los
Zapadores al mando de La
Madrid y se traba un
terrible combate de
bayonetas. Una casa situada
en la falda del cerro es el
objetivo. Los franceses la
toman y se guarecen en ella,
pero son desalojados por los
Zapadores; la tornan a
recobrar y de nuevo son
expulsados de ella por
valientes tropas de La
Madrid. El Cabo Palomino se
mezcló entre los zuavos y se
batió cuerpo a cuerpo con
los arrogantes soldados
franceses, y se posesiona de
su estandarte como botín de
guerra al caer muerto el
portador del mismo.
Una fuerte tormenta cae
sobre el campo,
reblandeciendo el terreno,
difícil de mantener para las
tropas francesas, al tiempo
que Zaragoza mandaba el
parte telegráfico a la
Presidencia en Ciudad de
México. Envía al Batallón
Reforma en auxilio de los
cerros donde Zuavos y
Cazadores disputaban la
victoria. En Loreto había un
cañón de 68 que causaba
enormes estragos en la filas
francesas. Los zuavos hacen
un empuje desesperado y se
abalanzan sobre la pieza. El
artillero, sorprendido por
la rapidez de la columna
gala, tiene en sus manos la
bala de cañón que no alcanzó
a colocar en la boca de
fuego. Aparece frente a él
un zuavo, y tras éste, el
resto del cuerpo que, una
vez apoderados de ese
fortín, levantarían la moral
francesa y podría perderse
la victoria conseguida. El
artillero, arrojó la bala al
soldado francés, que herido
mortalmente por el golpe en
la cabeza, rodó al foso del
parapeto. Con esto los
zuavos, por orden del Conde
Lorence retrocedieron,
perseguidos sin cuartel por
el Reforma.
Cuando la segunda columna
llega a Guadalupe,
protegidas por una
formidable línea de
tiradores, Porfirio Díaz que
acude en auxilio de los
Rifleros de San Luis, que
estaban a punto de ser
rodeadas por el contrario.
Movió en columna al Batallón
Guerrero, a las órdenes de
Jiménez, ganándole el
terreno a los franceses,
trabándose un combate cuerpo
a cuerpo y retrocediendo los
asaltantes.
En apoyo del Guerrero, que
se dejó ir demasiado lejos
en persecución, Díaz envió a
las tropas de Oaxaca, con
los Coroneles Espinoza y
Loaeza a la cabeza, dando
impulso a los mexicanos, que
expulsaron al enemigo de las
cercanías. El éxito alentó a
Porfirio, que destacó al
Morelos con dos piezas de
artillería a la izquierda,
mientras por la derecha los
Rifleros de San Luis se
reponían de la pelea,
antecedidos por una
formidable Carga de
Lanceros, dirigida por el
mismísimo Díaz, que
desbarató las filas del
enemigo; Díaz quedó dueño
del campo y necesitó
repetidas órdenes de
Zaragoza para regresar a sus
posiciones.
En aquéllos momentos las
columnas de Lorencez bajaron
de Guadalupe en completa
dispersión, rechazadas en su
última intención y se
replegaron a la Hacienda de
San José. Se dice que
Lorencez no pudo evitar el
llanto de la derrota, con lo
que decidió retirarse hacia
Amozoc.

Consecuencias
En Palacio Nacional de
Ciudad de México, Juárez y
el resto del pueblo pasaban
por un trance terrible. No
tenían noticias de Puebla y
el Gobierno había hecho
salir precipitadamente al
General Antillón al mando de
los Cuerpos de Guanajuato,
quedando como guardianes de
la Capital sólo dos mil
hombres del Regimiento de
Coraceros Capitalinos y
algunos centenares de
milicianos pobremente
armados. Si las tropas
guanajuatenses se perdían,
la Capital caería sin
remedio. A las 5 y 49
minutos de la tarde volvió
haber noticias de Zaragoza.
Este es el mensaje enviado:
“Puebla, Mayo 5 de 1862.
–Recibido en Ciudad de
México a las cuatro y quince
minutos de la tarde- General
Ministro de la Guerra –
Sobre el Campo a las dos y
media – Dos horas y media
nos hemos batido – El
enemigo ha arrojado multitud
de granadas – Las columnas
sobre el cerro de Loreto y
Guadalupe han sido
rechazadas, seguramente
atacó con cuatro mil hombres
– Todo su impulso fue sobre
el cerro – En este momento
se retiran las columnas y
nuestras fuerzas avanzan
sobre ellas. – I. Zaragoza”
“Puebla, Mayo 5 de 1862. –
Puebla a las cinco y
cuarenta y nueve minutos de
la tarde - General Ministro
de la Guerra - Las Armas del
Supremo Gobierno se han
cubierto de gloria; el
enemigo ha hecho esfuerzos
supremos por apoderarse del
la plaza, que atacó por el
oriente de izquierda y
derecha durante tres horas;
fue rechazado tres veces en
completa dispersión y en
estos momentos está formando
su batalla fuerte de cuatro
mil y pico de hombres,
frente al cerro de
Guadalupe, fuera de tiro. No
lo bato como desearía,
porque el Gobierno sabe que
para ello no tengo fuerza
bastante. Calculo la pérdida
del enemigo, que llegó hasta
los fosos de Guadalupe en su
ataque, en 600 y 700 entre
muertos y heridos; 400
habremos tenido nosotros.
Sírvase dar cuenta de este
parte al Ciudadano
Presidente de la República.
Libertad y Reforma. Cuartel
General en el Campo de
Batalla General Ignacio
Zaragoza.”
Al finalizar la batalla, los
franceses contabilizaban 476
muertos y 512 heridos. El
Ejército de Oriente perdió
83 hombres, cerca de 250
heridos y 12 desaparecidos.
El día 6, ya con los
refuerzos de Guanajuato en
los fortines, Zaragoza
esperaba un nuevo ataque de
Lorencez, pero éste, el 8,
formó sus trenes y se retiró
para San Agustín del Palmar,
siendo saludado por la
artillería republicana y la
Banda de Guerra de los
Carabineros, quienes tocaron
Escape.
El 5 de septiembre del mismo
año, Zaragoza contrajo la
fiebre tifoidea, falleciendo
el 8 de septiembre de 1862.
Dejando vació el liderazgo
de las fuerzas armadas de
México en el general Jesús
González Ortega, con lo
cual, dio oportunidad de que
las tropas invasoras
obtuvieran refuerzos,
municiones y demás
armamento, tanto de
distancia, como cuerpo a
cuerpo.
Aunque la guerra no termino
ahí, sino hasta 5 años
después (1867),la batalla de
Puebla se volvió desde
entonces para los mexicanos
un símbolo de resistencia en
contra de la invasión de
tropas extracontinentales.

|